Todavía me acuerdo la primera vez que llevé a mi hijo al kínder en pleno diciembre: chamarra gruesa, bufanda, gorro, doble pantalón… parecía tamalito bien envuelto. A los cinco minutos de entrar al salón, la maestra me lo regresó sudando, rojo y de mal humor. Ese día entendí que abrigar bien no significa “mientras más …
