La primera vez que noté que algo no iba bien con mi hijo fue tan repentino como inquietante. Tenía apenas dos años cuando, después de comer una inocente rebanada de pastel con nuez, empezó a rascarse los brazos con desesperación. En cuestión de minutos, su piel parecía un mapa rojo. Esa noche empezó nuestro recorrido …

